Capítulo 8: Susan

Publicado: 4 abril, 2014 en Némesis

Capítulo 8: Susan

Era la tercera vez en la misma semana que había tenido que entrar a casa de Susan. Tuve que explicarle brevemente la situación mientras tapaba el micrófono del teléfono, para no darle el gusto de oírnos al cabrón que estaba al otro lado de la línea. El taxi avanzaba con tranquilidad y los dos estábamos en silencio en el asiento de atrás. La lluvia caía y se deslizaba por los cristales, tapando un poco la vista a través de estos. La voz se volvió a escuchar por el altavoz y me llevé de nuevo el aparato a la oreja.

-No está mal, investigador.
-Que te follen.
-Disfrutad del viaje. Os podéis coger de la mano si queréis, el conductor no hará ninguna objeción.
-Oye, tengo una duda.
-¿Y cual es?
-No sé si la batería durará tanto.
-Reza todo lo que sepas para que aguante lo suficiente.

No se escuchó nada más y volví a tapar el micrófono. Luego apoyé la cabeza en el vidrio, dejando vaho en este a causa del cambio de temperatura que causaba mi respiración.

-Lo siento –dijo Susan de repente.
-¿Qué? –pregunté tras girarme para poder mirarla, quedando así ambos prácticamente cara a cara.
-Que siento haberte metido en esto.
-No es…

No pude evitar estornudar porque aún arrastraba el constipado. Incluso estornudé varias veces más.

-Te ha pillado bien…
-Eso parece… -dije tras limpiarme con un pañuelo y luego carraspear antes de continuar- Te decía, que no es culpa tuya.
-Sí lo es, Jack –se golpeó levemente el muslo con la palma de la mano-. Debería haberte dejado en paz y que la policía se encargara de todo.
-Tanto tú como yo, sabemos que la policía no da a basto. Por no mencionar la de casos en que mirarán hacia otro lado porque seguro que reciben billetes en negro…

Negó con la cabeza.

-¿Crees que Brandon estará bien? –preguntó.
-Pensé muchas cosas de camino a tu casa. Y creo que… si van a por mí, es posible que quieran dinero. Estoy prácticamente seguro de que tu marido estará bien y me presupongo que lo que querrán es hablar conmigo, usándote a ti para manipularme.
-Así que es posible que sepan lo tuyo.
-Deben de estar seguros de ello tras conseguir salir ileso de la trampa que me tendieron.
-¿Qué crees que puede estar pasando?
-No lo sé con certeza. Quizá vieron que estaba investigando el asunto y han decidido sacar tajada. Sigo creyendo que todo es a causa de la coincidencia y de una serie de actos encadenados por mi mala suerte.

Se llevó la mano a la boca y se aguantó la risa.

-¿Qué? Estoy nervioso, y preocupado –comenté antes de suspirar.
-Yo también, pero estoy bien a tu lado. Sé que hice bien al encomendarte este trabajo y siento que puedo confiar en ti.

Decidió acortar la distancia entre nosotros tras sus palabras, quedando un poco más juntos en el asiento.

-¿De verdad? –pregunté algo escéptico- Después de la muerte de aquel tipo y todo lo que ello desencadenó, pensé que no querrías volver a verme.
-Estaba aterrorizada, Jack. Ese hombre te disparó y creía que habías muerto –explicaba mirando al frente, recordando-. Pero sin embargo te levantaste como si nada, hecho una furia, y no paraste de golpearlo hasta matarlo. No puedo olvidar el sonido de sus huesos crujir, machacados por tus puños como si fuesen mazas. Y encima, lo único que te salió fue unos moratones…

A decir verdad, había muchas noches que no podía conciliar el sueño debido al recuerdo de aquel momento.

-Y sé… que lo hiciste en defensa. Dios, nadie mejor que yo sabe que lo hiciste para defendernos… Pero me asusté, lo siento. Te dije unas cosas horribles…
-Dijiste que era un monstruo. Pero… No te preocupes…
-No sabía cómo pedirte disculpas por todo lo que sucedió, Jack. Pensé que dejarlo y alejarme sería lo mejor para los dos.
-No tienes que disculparte, no es necesario…
-Claro que lo es. Es importante, muy importante. Porque no sé cómo darte las gracias por haberme atendido al teléfono aquel día y por mostrarte tan interesado por la desaparición de mi marido.
-No tienes por qué darme las gracias…
-¡Deja de decir eso!

Susan emitió un profundo suspiro. Luego apoyó su cabeza en mi hombro y brotaron algunas lágrimas de sus ojos.

-Disculpa –se secó las lágrimas.
-No pasa nada. Llevas muchos días sometida a presión.
-Supongo.
-Susan, ¿cómo conociste a Brandon?
-Por Internet. Como ya sabrás, perdí toda la relación con el círculo de amistades tras separarme de ti. Mi amistad con Andrea se fue enfriando hasta que dejamos de vernos, por ejemplo. Y con Marcus y Steve, bueno… supongo que nunca podrás quejarte de la lealtad que te tienen –sonrió de manera fugaz antes de continuar-. En definitiva, que busqué nueva gente con la que relacionarme y entre ellos estaba Brandon. Con el tiempo nos fuimos conociendo mejor y él no dejaba de fascinarme, yo siempre me preguntaba como alguien tan guapo podía ser tan inteligente, saber tanto, ser tan responsable… tan perfecto… Y ya ves, casada e intentando tener un bebé antes de que se me pase el arroz.
-Entiendo –asentí.

Ya me pareció alguien destacable físicamente en las fotos que vi en su casa. Y si Karl le tenía en muy buena estima como trabajador, seguramente también era un cerebrito. Con tanta buena referencia pensaba que al final hasta yo no sería capaz de sucumbir a sus encantos. Yo no era el hombre perfecto, pero suponía que debía de tener algo destacable.

-¿Y qué fue de ti? –interrumpió mis pensamientos con su pregunta- Porque me sorprendió muchísimo ver tu nombre en una lista de investigadores privados.
-Pues… después del accidente decidí no acercarme más a cualquier cosa que tuviese que ver con los químicos. Bueno, tu marido ha sido la excepción, pero básicamente tuve que rehacer mi vida laboral. Si me administraba bien la indemnización que me consiguió Marcus, seguramente podría haber vivido sin tener que trabajar en serio, pero la verdad es que no quería sentirme inútil. Entonces invertí algo de mi dinero para formarme y conseguir la licencia de Investigador Privado en este Estado.
-Siempre decías que te gustaría poder ayudar a la gente, y las novelas negras eran tus favoritas.
-Nada ha cambiado en ese aspecto –sonreí levemente.
-¿Y qué tal se te da? El primer día que viniste a casa no parecías estar convencido de tus logros.
-Nada de logros, tal y como te comenté. Hoy en día es complicado abrirse paso en este mundillo. La tecnología avanza de tal manera que cualquier teléfono móvil puede grabar con excelente calidad, y es fácil espiar correos electrónicos o redes sociales, incluso hacer fotos con un bolígrafo colocado en el bolsillo de la camisa. Es más barato cotillear que pagar a un profesional…
-Me hago una idea. ¿Y qué hay de la mujer que cogió el teléfono cuando te llamé a casa?

Se dibujó una media sonrisa en mi cara al escuchar su pregunta.

-Karen, se llama Karen. Es mi novia.
-Háblame sobre ella. Cómo es, cómo os conocisteis, a qué se dedica…
-La verdad es que es una de las mujeres más guapas que he conocido nunca, de esas que uno nunca cree que puede alcanzar. Es pelirroja y sus ojos son preciosos, de color verde. Tiene veintiséis años y aspira a ser una gran actriz, aunque por el momento solo ha hecho un par de spots de televisión y aparece en algunos carteles anunciando ropa interior.

Brandon sería el hombre perfecto, pero Karen era la mujer perfecta. Bueno, salvo en las ocasiones en las que se enfadaba. En el fondo creía que me era imposible no tener una opinión subjetiva.

-Qué listo eres. Te la has buscado diez años más joven que tú, eh…
-No, no es eso. Mira, me da vergüenza explicar cómo nos conocimos.
-Va, hazlo.
-Bien, pues resulta que un día volvía a casa con la compra en brazos. Iba pensando en mis cosas y tomé un par de calles que no solía coger de manera habitual, entonces escuché unos gritos pidiendo ayuda. Solté todo y fui corriendo hacia el lugar de dónde venían las voces, metiéndome por unas calles bastante cerradas. Al final llegué a una más ancha y allí estaba Karen siendo atracada por unos cuatro hombres.
-Espera. ¿Les diste una paliza a esos hombres? ¡Fuiste un héroe como en las películas!
-Sí y no, escucha… -le mostré una mano para que no me detuviera- Resulta que eran actores y que todos estaban grabando un anuncio sobre seguridad privada. Me di cuenta cuando vi la cara de pánico que había puesto ella tras preguntarle si estaba bien, y luego al girarme por fin pude ver la cámara y el equipo técnico que estaba filmando…

Susan empezó a reír sin poder aguantarse.

-¡Jack! ¡Debió de ser divertidísimo!
-Sí, claro… Eso explícaselo a los pobres que tuvieron que ir al hospital. Por suerte ninguno decidió denunciarme al no tener lesiones graves, aunque creo que fue porque acabaron bastante intimidados. Así que no, no fue nada heroico bajo mi punto de vista.
-Qué bueno…

Nos habíamos quedado totalmente abstraídos con nuestra conversación, tanto, que al final reímos juntos a pleno pulmón. Y fue algo que no me extrañó en absoluto, porque así era Susan: podía hacer que olvidaras todo sin ni tan siquiera darte cuenta. Su optimismo, buena fe en los demás y su fuerza de voluntad siempre llegaban a envolverte sin importar quién fueses.

Suspiramos a la vez y ello creó un silencio.

-Tengo miedo, Jack –susurró.
-No lo tengas, no te pasará nada. Yo te protegeré, y cumpliré con la promesa que te hice hace tantos años.
-Gracias. Pero dime que tendrás cuidado, no quisiera que te pasara algo malo.
-Lo tendré. Más o menos voy aprendiendo como usar… lo que ya sabes… y creo que podremos utilizarlo a nuestro favor.
-¿En serio?
-Sí, ya lo verás. Es más sencillo de lo que creía.

Tampoco era consciente del tiempo que había pasado, pero tras mirar con detenimiento me di cuenta de que estábamos cerca de los muelles. La vuelta a la realidad había sido repentina y por ello tuve que controlar la respiración para no ponerme nervioso, ya que volvía a pensar en la pelirroja, en la mujer que tenía a mi lado, y en que no sabía qué era lo que querían de nosotros.

El taxi no tardó mucho en llegar a nuestro supuesto destino y el conductor no hizo nada más que mirarnos a través del retrovisor, sin ni tan siquiera girarse. Deduje que esa era nuestra parada y nos bajamos sin decir nada. Salí de mis dudas al ver que estábamos en pleno puerto y frente a nosotros teníamos lo que parecía ser un almacén, incluso con su propio muelle de carga marítimo. No tenía más de dos pisos y disponía de unas enormes vidrieras en la segunda planta, que seguramente permitían ver como mínimo la calle y parte del agua desde ahí. En la gran puerta de entrada nos esperaba un hombre que se tapaba con un abrigo de invierno, y a esa distancia era imposible verle algún rasgo más debido al sombrero tipo «fedora» que portaba en la cabeza. Miré a Susan y ella parecía no querer mirar a ningún lugar en concreto. Ella mantenía la compostura acompañada de una expresión seria en la cara.

-Entrad de una puta vez –dijo la voz del teléfono.

Avanzamos dos pasos y algo me ocurrió. De repente sentía susurros, voces muy débiles, como si estuviesen lejos pero a la vez rondaran por dentro de mi cabeza. Eran frases inconexas, palabras sueltas y sin ningún tipo de sentido. Lo único que conseguían era que no pudiese mantener bien la concentración, y la voz era de alguien que no conocía. No tenía la menor idea de lo que era pero me estaba molestando muchísimo.

-Jack, ¿qué pasa? –preguntó Susan al ver que me detuve y me llevé una mano a la cabeza- ¿Te encuentras bien?

La miré fijamente a los ojos y decidí no preocuparla.

-Nada, tranquila. Sigamos.

Avanzamos hasta la puerta y luego la cruzamos al dejar atrás al hombre que la guardaba. Una vez dentro ya pudimos ver gracias a la luz de la planta baja, ya que desde nuestra posición podíamos ver como el superior aún permanecía a oscuras. En medio del edificio había un hombre alto, que también iba con su abrigo y su sombrero. Sin embargo, llevaba un teléfono móvil en la mano derecha y aunque me lo esperaba, no dejó de sorprenderme el hecho de que era pelirrojo. Seguimos avanzando porque por detrás nos abordaron dos hombres más y a punta de pistola nos iban «invitando» a continuar hacia delante.

-Registradles –ordenó Andy.

Los matones nos despojaron de nuestros efectos personales a medida que los iban encontrando. Tampoco llevábamos mucha cosa pero de esa forma ellos vieron que no escondíamos ningún teléfono más o algún arma.

-Ya puedes colgar si te apetece. Luego tira el móvil al suelo y písalo varias veces, si no te es mucha molestia –dijo.
-Lo he comprado esta mañana… -dije tras mirar hacia ambos lados.
-Hazlo de una puta vez, investigador.

Solté el aparato y luego lo pisé un par de veces a desgana.

-Pues… ya estamos aquí –dije resignado.

El hombre hizo un gesto y los que teníamos a la espalda fueron detrás de unas cajas. Segundos después trajeron el cuerpo de un hombre, que lo dejaron a unos pasos de Irlandés. El cuerpo iba vestido con ropas normales, pero le habían vendado los ojos y atado de pies y manos.

-¡Brandon! –exclamó Susan- ¡Por el amor de dios! ¡¿Qué le habéis hecho?!

Ella intentó acercarse pero uno de los matones la apuntó con la pistola y la hizo retroceder.

-Tranquila, guapa –dijo el pelirrojo-. Está vivo. Le hemos metido somníferos para dormir a un elefante pero no le hemos tocado un pelo.
-Okay, vale, calma. Dinos qué es lo que quieres y lo solucionaremos.
-Vaya, por teléfono parecías más chulo. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de idea? ¿Las tetas de la morena?

Estornudé un par de veces. Aún sentía la cabeza embotada y me costaba concentrarme, incluso en ocasiones hasta no podía escuchar bien. No sabía qué era lo que me pasaba y me impedía poder centrarme en ellos. No era normal, no era a causa del constipado.

-Joder… Lo siento –me disculpé a pesar de las circunstancias-. Mira, todos queremos que esto acabe bien así que en serio, decidnos qué queréis y ya está.

Empezaron a sonar unos pasos que provenían de las escaleras metálicas que bajaban desde el segundo piso, por el lateral del edificio. Ya más de cerca pude ver que se trataba de una figura bajita, quizá de poco más de metro sesenta. Iba sin sombrero y en cuanto quedó a unos metros de distancia vi claro que era el tal Charles Smith del que Steve me mostró la ficha en su despacho. El crío iba con traje y llevaba el abrigo por encima pero sin meter los brazos por las mangas, como si de una capa se tratara.

-Te ruego que disculpes a Andy. Su papel no es precisamente el de relaciones públicas –comenzó a decir-. Ah, y espero que el taxi fuese de vuestro agrado, porque no creo que quede mucho de él cuando estalle la bomba que le colocamos.

Susan estaba asustada y yo empecé a sudar. No podía centrarme en ninguno de ellos debido a las voces que aún me molestaban, y por lo tanto mi cuerpo no llegaba a cambiar.

-Pues ya que el señor Andy no es dado a las relaciones publicas… Quizá tú puedas decirme qué es lo que ocurre. ¿No crees, Charles?
-Tu amigo el detective te ha hecho los deberes, ¿no? Qué previsible. Verás… -comenzó a caminar en circulo alrededor de nosotros- Mi madre, en su lecho de muerte, me dijo que el mundo lo movían las personas que saben hablar en el «idioma universal». Y creo que tenía mucha razón. ¿Sabes cual es el idioma universal?
-El dinero.
-Perfecto, me gustas –me hizo un gesto amistoso y luego se detuvo al lado del pelirrojo-. Estoy harto de que la gente me trate como a un loco cuando suelto mis sermones. Y es que todo el mundo creía que la cosa cambiaría en este país cuando en Enero entró el nuevo presidente, el negro ese de los demócratas. ¿Eres de los que creían que la cosa iba a cambiar?
-No sigo la política… -me encogí de hombros- Me aburre tanto como tu palabrería. Lo único que quiero saber es por qué estamos aquí.
-Ya veo, investigador. Sin embargo… todo sigue igual. Al nuevo le gustan tanto los billetes como a todos los que han estado antes. Pero te diré por qué estamos aquí, si es lo que te interesa. Y es que… estamos aquí por negocios, tan simple como eso.
-Dime cuánto dinero queréis para que podamos marcharnos de aquí con ese hombre –señalé al inconsciente Brandon-, y de paso no volvernos a ver nunca más. Creo que podrás entenderme perfectamente al estar hablando en el «idioma universal» -terminé haciendo el gesto de las comillas con una de las manos.
-Me encantaría, pero no es tan sencillo. Después de todo, somos americanos. No somos ni italianos, ni rusos, ni irlandeses, ni mucho menos tenemos los ojos rasgados –se señaló estos-. Y podrán decir mil y una cosas malas sobre los americanos, pero si hay algo de lo que sabemos bien, es sobre el capitalismo. «Obtienes exactamente eso por lo que has pagado» -citó-, y esta vez no va a ser algo distinto.

De repente noté una punzada en la parte inferior de la columna. Susan gritó antes de apartarse y yo empecé a perder la fuerza en las extremidades inferiores. Me tambaleé varias veces de la misma manera que lo hace un animal cuando aprende a mantenerse en pie, luchando torpemente para no caer. Al final caí y quedé boca arriba, entonces ya me fue imposible mover más las piernas. Me llevé la mano a la frente para taparme la luz que me daba en la cara y entonces vi una figura encapuchada que me miraba fijamente. En un primer momento dudé de si era Vagabundo, pero no, no era él. Era un hombre con rasgos orientales y con el típico bigote que le caía por la mandíbula. El mismo se alejó lentamente sin emitir sonido alguno, como si su única misión ya hubiese sido cumplida y no tuviese nada más que hacer.

Estaba asustado. No podía hacer nada y aún sentía las voces en mi cabeza, esas que me habían impedido cambiar. Me era difícil hablar porque no sabía qué decir. Andy empujó mi cuerpo con el pie y quedé boca abajo, uno de sus hombres retenía a Susan. Charles se acercó y se colocó en cuclillas para mirarme de cerca.

-Pareces nervioso… ¿Qué te pasa? ¿No has podido… -se dio dos golpecitos en la sien con un dedo- pensar con claridad?
-¡Cabrón! ¡Eras tú! –grité furioso.
-Así es, hombrecillo. ¿Crees que eres el único que tiene a alguien que le haga los deberes? Empecé a meterme en tu cabecita en cuanto te bajaste del taxi, te observé desde la cristalera de arriba.
-Niñato de mierda… –maldije, apretando dientes.
-No te lo tomes tan mal. Heredé de mi madre un bonito don para persuadir e influir en los demás. Ella consiguió muchas cosas, pero yo conseguiré mucho más, te lo puedo asegurar.
-¡Jack! –exclamó Susan aún retenida- ¡Por favor, dejadnos!

Charles perfiló una sonrisa malévola.

-¡Deja que se marchen! ¡Deja que ella y su marido se marchen! ¡Cabrón!
-Claro que sí, investigador. En breve.
-¡¿Qué me habéis hecho?!
-No sé, ha sido cosa del chino. Ya deberías saber que los de por ahí son todos muy raros.

Se puso en pie tras su última frase y se dirigió al pelirrojo.

-Andy, que empiecen con el fuego. Luego acaba con esto, que ya hemos perdido demasiado tiempo.
-Claro, jefe. ¿Y qué hacemos con el tío raro este? –señaló con la cabeza al oriental.
-No es cosa nuestra. Que haga lo que quiera, como si quiere quedarse a arder aquí dentro.

El crío se marchó sin decir nada más y entonces lo perdí de vista. Dos hombres iban echando combustible por la mayor parte del edificio y tiraban alguna que otra caja de madera de las que había apiladas.

Estaba tan frustrado que no podía pensar con claridad. Por un lado veía que Susan intentaba acercarse pero no la dejaban, hasta que al final la golpearon en el estómago para que quedara de rodillas a mi lado. A duras penas podía mover un brazo y la mano, el resto de mi cuerpo estaba prácticamente inmovilizado. Había intentado ganar tiempo para ver si alguien podía venir en nuestra ayuda, pero la verdad es que este se acababa y perdía toda la esperanza. Confiaba en que Karen se habría puesto en contacto con Steve, o que quizá Vagabundo hubiese seguido el taxi hasta aquí. Ese era el resultado de haber ignorado todas las advertencias de la gente de mi alrededor y tentado demasiado a la suerte por culpa del exceso de confianza. No dejaba de maldecirme a mí mismo.

-Esto ha sido culpa mía, Jack –dijo Susan entre lágrimas y con las manos en la barriga.
-¡Dejadles ir! ¡Hijos de la gran puta! ¡Dejadles ir, joder! –exclamé con todas mis fuerzas.

Irlandés nos observó y acto seguido sacó una pistola del interior de su abrigo. Uno de los hombres cogió a Susan por los brazos para separarla y también la levantó.

-Qué conmovedor –dijo mientas sonreía vilmente-. Eh, investigador, si tienes algo que decirle a la mujer, ahora es el momento.
-Púdrete, Barbarroja de mierda.
-Lástima de que el jefe no me haya dejado disfrutar de tu pelirroja… debe de ser todo un pastelito…

Apuntó hacia mí tras su última frase y luego echó hacia atrás el percutor del arma. Deslizó con calma su dedo índice hasta el gatillo, sin temblar ni un milímetro. Quedaba claro que ese tío tenía una buena experiencia en matar gente.

-Hazlo, cabrón –dije entre dientes-. No pienses que voy a suplicarte…

Cerré los ojos a la espera de mi destino final.

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