Capítulo 7: Los malos siempre saben más

Publicado: 27 marzo, 2014 en Némesis

Capítulo 7: Los malos siempre saben más

Esa fue una de las veces que mejor me sentó una ducha. Esperaba dentro del baño a que Karen entrara para echar un vistazo a lo que me habían hecho, teniendo que admitir que ella se lo había tomado todo muy bien y con una templanza que hizo avergonzarme de mí mismo. Me miraba al espejo con todos los pelos cayendo por delante de la cara, tapándome en gran parte mi visión. Sentía respeto de mi propio reflejo, daba miedo con esas ojeras que aún no había conseguido quitarme. Una toalla atada a mi cintura era lo único que cubría la parte inferior de mi cuerpo.

-¿Qué tal? –preguntó Karen al entrar- ¿Estás más tranquilo?

Ella llevaba un plato con un par de sándwiches y debajo del otro brazo cargaba con un botiquín pequeño mientras que con los dedos sostenía a duras penas una botella de whiskey americano.

-He cogido el botiquín del otro baño porque es más completo. También te he traído algo de comer, y… -terminó mostrándome la botella para preguntar después- ¿Te sientas?

Asentí sin mediar palabra y me senté en el taburete que tenía al lado. Ella empezó a examinarme con cuidado tras haber dejado a un lado todas las cosas que había traído. A veces se la veía indecisa de si tocar o no alguna zona. Alargué el brazo hasta el plato y pegué un par de mordiscos a la comida.

-¿Qué sentiste, Jack?
-Miedo –hice una pausa-. ¿Sabes cuando ves una película o lees un libro y piensas en que tú harías una cosa u otra como si fuese algo normal? Pues a la hora de la verdad no pasa nada de eso, simplemente te quedas parado sin saber bien qué hacer.
-¿Y aquí? –deslizó sus dedos por mi espalda- Será un buen cardenal.
-Un golpe con un palo o algo parecido, aunque en realidad fue con una tubería de metal.
-En el pecho tienes uno similar, aunque también tienes unas marquitas. ¿Sentiste lo mismo?
-No. Lo poco que me alcanzó de la escopeta fue como si me hubiesen salpicado piedras pequeñas.
-Pues la ropa está toda para tirarla. Y aquí, en la barriga –tocó-, es como si un gato te hubiese arañado con todas sus ganas.
-El cuchillo…

Karen me recogió el pelo con la ayuda de una goma. Luego desinfectó los rasguños y puso pomada para los golpes en los moratones, vendando después las zonas afectadas. Mientras, yo me comí el segundo sándwich totalmente sumido en mis pensamientos.

-Con las vendas no mancharás nada.
-Gracias, cariño.

Estornudé un par de veces debido al resfriado que había cogido al haber pasado tanto rato bajo la lluvia.

-¿De verdad que estás bien? ¿Seguro que no quieres ir al hospital para que te mire un médico? ¿O hablar con Steve? ¿Con Marcus?
-Ya sabes que odio los hospitales, además, ya has visto que no me han hecho nada grave. Y no, no voy a molestar a nadie a estas horas porque es tardísimo.
-Bien, vale… Tampoco quiero agobiarte –suspiró al final.

Se hizo el silencio entre nosotros y por ello Karen empezó a recoger las cosas del botiquín.

-¿Y tú? ¿Estás bien? –pregunté.

Al escuchar mi pregunta, ella alzó la vista hasta mirarse a los ojos con su propio reflejo.

-Preocupada.
-Eh, oye… -dije tras levantarme- A mí me gustan los carteles de ropa interior en los que sales. ¿Qué problema hay en ellos? –le dediqué una gran sonrisa al final.

Negó con la cabeza y esbozó una sonrisa, pero a la vez le cayeron un par de lágrimas por el rostro. Como humana que era, ella tenía su límite y supuse que todo esto había hecho que lo superara.

-Qué estúpido eres, Jack Tacker.
-Vamos, encontrarás otro casting –dije tras poner mis manos en sus hombros-. Estoy seguro.
-No es eso, Jack… Es… -se giró y se mordió el labio inferior- Es que estoy embarazada.
-¿Qué…? ¿Cuándo…? –parpadeé varias veces- Espera, ¿cómo?
-Mierda… Lo sabía –dijo tras alejarse unos pasos y luego llevarse una mano a la frente, antes de continuar-. Sabía que ibas a reaccionar así y por eso no te dije nada. El otro día cuando te dejé la nota diciéndote que iba al gimnasio, en realidad fui a que me diesen los resultados de la prueba. Y por la noche, es cierto que estuve en casa de mi hermano Robert, pero fui a desahogarme porque bien saben él y su mujer lo asustada que estaba de no saber cómo decírtelo. Es normal que te pille de sorpresa y que no lo entiendas ya que siempre hemos ido con cuidado, pero nos ha tocado, somos ese mínimo porcentaje de las estadísticas…

Un fugaz recuerdo me vino a la mente: la imagen de aquel día y de la bolsa para el gimnasio de Karen, dejada a un lado de la habitación.

-Tranquila, escucha…
-¿Cómo quieres que esté tranquila? Si mi carrera era de lo peor, ahora se irá completamente a la mierda. Y para colmo, vas por ahí haciéndote el héroe mientras te disparan… ¡Es imposible que lo esté!
-¿Quieres escucharme? Te estoy diciendo que te tranquilices, joder.
-No, escúchame tú –se giró para mirarme-, ¿vale? No me voy a tranquilizar hasta que me digas que mañana irás a ver a Steve para explicarle todo, y que de esa manera la cosa quede en manos de la policía. Y después, directamente, te desplazarás hasta casa de la… de tu exnovia y le dirás que se acabó y que se meta el caso por dónde le quepa.
-No voy a hacer eso, Karen. Si buscas en tu memoria, recordarás que cuando te expliqué lo que me pasa me dijiste que debería utilizarlo para ayudar a los demás. Y sabes que eso es lo que quiero, y no porque tú me lo dijeses.
-No hagas que empiece a arrepentirme de aquellas palabras. Despierta Jack, esto es la vida real y no es una película. Por mucho que creas que no pueden hacerte nada, los malos siempre saben más y se aprovechan de los buenos.
-Me tienen que pagar. Tengo que cumplir con mi trabajo y es lo que esperan Susan y Karl. Ese pobre hombre aún sigue desaparecido.
-¡Al infierno con esa tía de ojos rasgados y el alemán! ¿Pero de qué dinero hablas? La indemnización que te consiguió Marcus fue una pasta y tú no eres derrochador.

Estuve tentado a explicarle la promesa que le había hecho Susan, que de alguna manera tendría que arreglar si terminaba dejando el caso, aunque no sabía como hacerlo. Pero la verdad es que lo único que estaba consiguiendo era hacer que Karen pasara un mal rato y si encima estaba embarazada, ponerla más nerviosa no la ayudaría. Me froté la cara y suspiré antes de continuar.

-Bien, tú ganas. Mañana hablaré con Steve y se acabó.
-Gracias, Jack –agradeció ella en voz baja, aunque suficiente para oírla.

Se acercó para apoyarse en mí y seguidamente abrazarnos, quedando un rato en silencio. Luego para mi sorpresa, ella agarró la botella de whiskey y pegó un trago muy largo.

-Sabes… -empezó a decir tras dejar la botella a un lado y quitarme la goma que sostenía la melena- Entre el pelo, la barba esa rara que te estás dejando, y esas vendas… pareces… un chico malo.
-Entonces tendré que aprovecharme de ti porque eres una chica buena, tal y cómo me has dicho antes.
-Después de lo que me hiciste a medio día te aseguro que no voy a ser nada buena, y espero que por tu bien, eso que tienes aguante bien mis uñas…

Esa noche hicimos el amor como hacía tiempo que no lo habíamos hecho. Exploramos mutuamente cada centímetro de nuestro cuerpo, dejándonos llevar y con el ímpetu parecido al de un desastre natural. A la mañana siguiente ella se despidió de manera cálida mientras yo aprovechaba para dormir un poco más. Cuando por fin decidí levantarme, me puse a desayunar acompañado de la radio y no paraban de decir que el tiempo iba a empeorar, algo que no me ayudaría con el resfriado.

-Señor Jack.

Me giré de repente y vi a Vagabundo en la puerta que conectaba el salón con la cocina. Su aspecto era el mismo que el de la noche que nos vimos por primera vez.

-¡Joder! Me has dado un susto de muerte. ¿Sabes que los timbres existen?
-Lo lamento, simplemente me aproveché del extraño hábito que tenéis en este país por dejar la puerta trasera abierta.
-¿Me explicas cómo sabes dónde vivo?
-Le seguí la primera noche que le vi. Aquella en la que se encontró con la pareja de detectives y que decidió volver a pie tras los hechos.
-Podrías haber dado un susto de muerte a Karen, ¿sabes?
-No os preocupéis, esperé a que se marchara –caminó hasta quedarse cerca de mí.
-Tienes un aspecto terrible. ¿Has dormido? ¿Quieres café?
-No, no he dormido. Y gracias, pero no tomo café, es una sustancia muy nociva para el cuerpo.

Apagó la radio.

-Tenemos una conversación pendiente, señor Jack. Con el añadido de que he estado investigando durante toda la noche después de que nos separásemos.
-¿Y no has descansado?
-«Al poco tiempo, selección… y acción.» -citó.
-Pues siento decirte que voy a dejar la investigación.
-¿Por qué dice eso?
-Porque no quiero que Karen lo pase mal si me ocurre algo.
-Puedo entender el punto de vista de vuestra mujer aunque no lo comparta, pero no puedo entender el vuestro. Tenía la certeza de que íbamos a trabajar juntos.
-No sé si atreverme a preguntarte si has tenido pareja alguna vez. ¿La has tenido?
-Varias.
-Vale, entiendo el por qué ha sido más de una, entonces…
-Escuche señor Jack –cambió de tema radicalmente-, continué con la ronda el resto de la noche y tras hacer unos interrogatorios conseguí averiguar que la mayor parte de la ciudad está controlada por los criminales americanos. Al parecer, desde hace unos años están consiguiendo hacer retroceder al resto de organizaciones.

El encapuchado consiguió captar toda mi atención a pesar de lo que le había dicho instantes antes.

-¿Y sobre ese tal Irlandés?
-Creo que es un brazo ejecutor, una mano derecha. La gente en la cima de dichas organizaciones no se deja ver mucho, y si lo hacen, suele ser en alguna ocasión muy excepcional. Es por eso que descarto el hecho de que él sea la cabeza pensante, se encargó de vuestra trampa pero alguien debió darle la orden…
-¿Y qué hay del chino que estás buscando?
-Ni rastro por el momento. Aunque siendo quién es, no es algo que me sorprenda.
-Entonces, ¿estás seguro de que está por aquí?
-Veréis señor Jack, Dragón Negro es un mercenario tal y como os dije. Su nombre real es Wen Kuo y es del Tibet. Desde bien pequeño fue adiestrado en las artes marciales y la filosofía, pero desde hace unos años empezó a dedicarse a una vida encubierta y oscura para ganar dinero. Hace poco conseguí rastrearlo hasta aquí, hasta esta ciudad. Estoy prácticamente seguro.
-Un asesino a sueldo –me froté el mentón-. Supongo que por eso crees que tiene que estar mezclado con el Crimen Organizado. Tú mismo hablaste de las Triadas, ¿no crees que podría estar mezclado con ellas en vez de con los americanos?
-Las Triadas lo conocen y no le tienen mucho afecto. El señor Wen cometió una serie de actos deshonrosos y eso le creó una mancha que jamás podrá limpiar.
-¿A qué te refieres? ¿Y por qué eres tú el que lo busca?
-Los padres de la señora Susan, señor Jack. ¿Quiénes son? –preguntó, ignorando completamente mi pregunta.

Emití un profundo suspiro, pero responderle era lo justo tras su pequeña explicación.

-Mira, yo conozco a sus abuelos y también a sus padres. Una vez viaje a China con ella cuando aún éramos pareja. Toda su familia siempre ha estado metida en la agricultura y la medicina alternativa, y te aseguro que ninguno de ellos sabe artes marciales. Su padre, Chen Lee, decidió viajar en edad temprana hasta aquí y abrió un pequeño negocio. Con el paso del tiempo conoció a Sarah, la madre de Susan, y desde entonces están juntos. Son unas personas espléndidas, así que olvídate de ir a molestarles porque te las verás conmigo.
-Hay una cosa que me sorprende, señor Jack. Si tenéis tanta estima a esa mujer y su familia, ¿por qué no conseguisteis mantener la relación con ella?

Eché aire por la nariz y luego esbocé una media sonrisa, aunque no duró mucho.

-Digamos que yo también cometí un acto que no le gustó, y eso hizo que se alejara.
-Entiendo.

Vagabundo dio unos pasos de vuelta al lugar por dónde vino.

-¿Adónde vas? –pregunté.
-Debo descansar para poder continuar con la búsqueda –respondió tras ponerse de perfil.
-Tengo intención de ir a hablar con mi amigo Steve para contarle lo sucedido, y puede que consiga algo de información. Si quieres…
-Volveremos a vernos por aquí, en cuanto el sol se esconda. Adiós señor Jack, y gracias –asintió al final.

En cuanto tuve la certeza de que se había marchado, me aseguré de dejar bien cerradas todas las puertas y ventanas. No podía negar que estaba un poco paranoico, pero supuse que no era para menos dadas las circunstancias.

Decidí salir para comprarme algo de ropa y una gabardina nueva. Mientras tomaba algo en la espera de mi nuevo teléfono móvil, pude leer una noticia en uno de los periódicos. En ella se hablaba sobre la reyerta que tuve en los bajos, alegando que había sido una pelea entre varias bandas por una disputa de territorio y que todos resultaron muertos. La noticia no fue impactante, pero lo que más me sorprendió fue el detalle que mencionaba claramente que todos habían muerto, cuando yo sabía que no había sido así. Pude hacerme mil conjeturas pero preferí pasar del asunto y seguir con mis cosas.

A medio día recibí una llamada de Steve. Tanto él como Marcus estaban preocupados, así que aproveché el momento para citarme con ellos en la comisaría y a media tarde me puse de camino. No era la primera vez que había estado en su despacho, era compartido, y esta vez la única diferencia era que la otra mesa pertenecía a la detective Green. Lo que más gracia me hacía era ver la foto de Andrea abrazada a las pequeñas Lily y Rosa, justo al lado del monitor del ordenador.

-Estoy enfadado contigo, hermano –dijo el detective desde su asiento-. Te dije que tuvieras cuidado, y mira –soltó un periódico que mostraba la noticia encima de la mesa.
-No fue culpa mía.
-¿Los mataste? –preguntó Marcus que se mantenía de pie y cruzado de brazos.
-No, Marcus –respondí tras suspirar-. No he matado a nadie. Creo que uno de ellos quedó gravemente herido por un disparo de escopeta, pero yo no fui el que abrió fuego.
-¿En qué coño estás metido, Jack?
-Mira, no lo sé. ¿Vale? –levanté los brazos para apoyar físicamente la excusa- Todo esto debe de haber sido una coincidencia. Tío, yo estaba buscando al marido de Susan y de repente me encontré en una trampa que se supone que estaba ordenada por un hombre al que llaman Irlandés.
-¿El Irlandés? –preguntó Steve algo extrañado.
-Sí, interrogamos a uno de ellos y fue lo que nos explicó. Los que nos asaltaron creían que yo les había robado droga o algo parecido.
-Espera, espera –mostró la palma de una mano-. ¿Interrogasteis? ¿Con quién fuiste?
-No, no. Verás, cuando me vi envuelto en la trampa un tipo encapuchado apareció y me ayudó con ellos. Tendríais que haberlo visto, parecía sacado de una película de acción.
-¿Quién era?
-No lo sé. Llevaba el rostro tapado y solo se le veían los ojos.
-Jack. ¿Bebiste? ¿Fumaste?
-No, joder. Tíos, no estoy para bromas.

La puerta se abrió y la detective Green hizo acto de presencia. Llevaba un dossier en una de las manos y parecía ir directa a su compañero, hasta que se detuvo al vernos.

-Vaya, hay una fiesta en nuestro despacho y nadie me ha invitado –dijo antes de dejar el dossier encima de la mesa de Steve.
-Eso podemos arreglarlo fácilmente… -dijo Marcus antes de acercarse con pasos seguros hasta ella- Soy Marcus Foreman, creo que el señor López no nos había presentado antes –le cogió la mano para besársela.
-Le conozco señor Foreman, y… se ha equivocado de mano -le enseñó la otra mano, más concretamente el dedo dónde tenía el anillo de casada.
-Quizá le guste saber que con la temperatura adecuada, se puede fundir cualquier metal… -tras soltarle mano y dedicarle una esplendida sonrisa.
-Hola detective –interrumpí-. Estábamos comentando vagamente el asunto de la desaparición de Harper.

Ella se paró a ojear el periódico durante unos segundos y después se giró para prestarme toda la atención.

-Oye Green, ¿puedes traernos unos cafés? –preguntó Steve.
-¿Acaso me parezco a la mujer que está abrazando a tus hijas en esa foto, López? –preguntó después de girarse hacia mi amigo y enarcar una ceja.
-Venga, es una ocasión especial. Mis mejores amigos están aquí y tampoco quiero que nos vean paseando por toda la comisaría…
-Cafés… -dijo tras suspirar profundamente- Está bien. Pero que sepas López, que de tanto estar sentado también se te hará grande el culo y no solo la barriga.

Me llevé una mano a la cara mientras ella salía de la habitación, me aguanté las ganas de reír mientras Marcus no dejaba de seguirla con la mirada.

-Touché, amigo mío –le dijo el abogado al detective-. Me encanta, me encantan las mujeres con carácter, son todo un reto.
-Iba a decir que te la llevaras en cuanto quisieras, pero no, no quiero quedarme otra vez sin compañera. Así que quítatelo de la cabeza.

Marcus se encogió de hombros en un intento de declararse inocente.

-Ya estamos otra vez… ¿Podemos centrarnos? –dije.
-¿Por dónde íbamos?
-Lo del supuesto irlandés y ese encapuchado.
-Bien, Jack. Mira, aquí sabemos quién es ese tal Irlandés. Y a no ser que sea otro, espero que lo tuyo con él haya sido una coincidencia.
-¿De qué estás hablando?

Steve empezó a teclear y al acabar giró la pantalla del ordenador para que pudiéramos ver lo que aparecía en ella. Mostraba la ficha policial de un hombre de rostro castigado, con una cicatriz en la parte izquierda de la cara y que esa misma cortaba de raíz una barba poco poblada. Era pelirrojo y sus facciones aunque delgadas, imponían bastante respeto.

-Andy McKay –nombró el detective-. Varón de cuarenta y un años y miembro del Crimen Organizado de esta ciudad. Con numerosos antecedentes, sospechoso de muchos delitos, acusado de otros tantos, y sí… también pasó unos años en prisión.
-Pone que es ciudadano estadounidense.
-Es tan americano como cualquiera de los tres que estamos aquí.
-¿Y por qué diablos le llaman Irlandés?
-Hay criminales que se ganan sobrenombres si consiguen mucha fama. Poco sabemos de su familia, pero por su apellido creemos que tiene raíces de allí. También nos liga un poco el hecho de ser tan pelirrojo.
-Karen es pelirroja y es de Chicago, y no, no tiene raíces irlandesas. Aunque claro, su apellido es Sanders…
-La ignorancia es una virtud, Jack. Y por eso te veo muy tranquilo.
-¿Qué…?

Repitió la acción con el ordenador y esta vez apareció en la pantalla un crío que no debería superar demasiado la mayoría de edad. Su cabello era de color rubio, corto, y peinado hacia un lado. Así como McKay mostraba indiferencia en la foto de la ficha, el chico que vi en ese momento se mostraba ceñudo y quizá con una expresión hostil.

-Charles Smith –nombró de nuevo Steve-. Varón de dieciocho años. Sospechoso de algunos delitos, un buen historial de problemas con la ley antes de cumplir la mayoría de edad, y no, aún no ha estado en prisión. ¿Pero sabes quién es?
-No. ¿Quién es ese crío?
-Este que ves aquí es el actual jefe.
-No puede ser.
-Pues créelo. Su madre se llamaba Carla Moss y era una mujer de compañía. Las malas lenguas dicen que una vez se vio con Abraham Smith, que era el jefe en aquel momento, y de alguna manera… consiguió que él se fijara en ella tanto como para acabar juntos.
-¿Una mujer de compañía que consiguió ligarse a un criminal tan importante?
-Suponemos que se le daba bien la persuasión. Y no solo eso, pues Charles es hijo de Carla pero no de Abraham, ella ya lo tenía.
-Digno de una telenovela, ¿verdad? –añadió Marcus.
-Esperad un momento. El tío encapuchado del que os he hablado antes me comentó que los americanos tienen casi todo el control de la ciudad, y que están consiguiendo hacer retroceder al resto de organizaciones.
-Es posible que el pequeño Charly haya heredado de su madre un buen don para la persuasión.

Intentaba encontrar sentido a toda la información que había obtenido en ese día pero me era imposible.

-Esto me sobrepasa –dije claro-. Y no entiendo por qué tanto el pelirrojo como ese crío no están en la cárcel. ¿Por qué no están?

Steve hizo un gesto para cederle la palabra a Marcus, como si de alguna manera él tuviese que explicarme el por qué.

-Es sencillo, Jack. Pruebas insuficientes, cabezas de turco, coartadas perfectas, policías sobornados, etc. Soy abogado y te puedo decir que conozco a alguno que otro de los que defienden a esa calaña, no puedo negar que son todos muy buenos en su trabajo.
-¿Y qué hay de los policías que aceptan sobornos? –pregunté a Steve.
-Incluso tu moreno amigo que tienes delante podría estar untado con billetes de esa gente –respondió Marcus sin dejar que el detective pudiese hacerlo.

El detective enseñó el dedo corazón al abogado y este último le dedicó una sonrisa, ello coincidió con el momento en el cual Green volvió con una pequeña bandeja y cuatro cafés encima. Steve intentó girar el monitor torpemente antes de que ella pudiese darse cuenta, que aunque no evitó que la mujer pudiese ver la pantalla si pareció que hizo caso omiso.

-Yo… -me levanté rápidamente- Tengo que irme.
-¿Y el café? –preguntó ella.
-Eh, Jack, tranquilo –dijo Marcus tras cogerme del brazo.
-Ya… ya nos veremos –me despedí antes de salir sin pensármelo dos veces.

Me estaba volviendo paranoico y no dejaba de pensar en Karen. Así que cogí el taxi más cercano y le pagué al conductor unos dólares de más para que se saltara todos los semáforos que pudiese. El Sol ya se estaba poniendo cuando salí de la comisaría, así que durante el trayecto se hizo completamente de noche, dando paso a las luces artificiales. Al llegar a mi calle pude ver que había otro taxi cerca, y mi teléfono móvil empezó a sonar justo cuando iba a sacar las llaves de la gabardina. Con los nervios descolgué sin mirar quién era, y con un vistazo me di cuenta de que había luz en casa.

-Hola investigador –dijo una voz desconocida al otro lado.
-No sé quién es pero me coge en un mal momento, lo siento.
-Yo de ti no daría un paso más.
-¿Qué…?

Karen salió por la puerta principal y levantó el brazo para saludarme.

-Que no des ni un paso más o mataremos a tu novia.

Me detuve en seco.

-¿Jack? –preguntó la pelirroja desde la distancia, algo extrañada.
-Escúchame, investigador –continuó la voz al otro lado del teléfono-. ¿Ves el taxi que tienes ahí al lado? Pues móntate en él.
-Espera, espera. Esto debe de ser un error, yo no…
-No lo volveré a repetir, investigador. Despídete de tu novia de manera natural y móntate en el puto taxi. Y como se te ocurra colgar el teléfono créeme que no la volverás a ver.

Miré hacia el taxi y a lo lejos pude ver una figura como se iba acercando. Reconocí esa capucha y las ropas negras, pero estaba tan lejos que me fue imposible hablar con él.

-Jack, cariño. ¿Te encuentras bien…? –volvió a preguntar Karen tras acortar un poco la distancia.
-Karen… Yo… ¡No me esperes para cenar!

Me dirigí hacia el taxi teléfono en mano e hice un gesto con la cabeza a Vagabundo antes de montarme en el asiento trasero.

-¡¿Jack?! –exclamó Karen antes de ponerse a correr- ¡Espera!

El vehículo aceleró y pronto perdí de vista tanto a la pelirroja como al encapuchado.

-¡Mierda! ¡Me cago en la puta! –maldije mientras golpeaba violentamente el asiento.

La voz de teléfono parecía decir algo más, así que me lo puse otra vez en la oreja para poder gritarle.

-¡¿Qué quieres hijo de puta?!
-El taxi te dejará en casa de Harper. Haz que su mujer se meta contigo en este coche y el mismo os llevará a otro lugar. Si no haces lo que te digo te aseguro que descubriremos si el color del cabello de tu novia es natural, pero si lo haces, tienes mi palabra de que no le pasará nada. Mantén el teléfono en línea, y si tardas más de lo que hemos calculado ya sabes lo que pasará.
-Como le pase algo a ella, te mataré. ¿Entiendes? Te arrancaré la puta cabeza, me da igual quién seas.
-Creo que no estás en posición para hacer amenazas, investigador. Aún así, pasaré por alto tus palabras y confiaré en que harás lo que te he dicho.

No se escuchó nada más. Me llevé el puño a la frente y traté de tranquilizarme. El conductor conducía como otro taxi habitual, como si no supiese nada. No sabía si dirigirle la palabra porque supuse que él no tendría ni idea de qué iba todo esto, así que me limité a mantener la boca cerrada y empezar a pensar cómo debía actuar ante los hechos.

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